castillo de Bran
11
septiembre

Deje dos metros de separación para el vampiro

El castillo de Bran, en la provincia de Brasov en Transilvania, es conocido como el castillo de Drácula porque supuestamente Vlad Tepes, Vlad el Empalador, vivió allí alguna temporada. Es posible que el bueno de Vlad pasase alguna vez por allí, pero nunca fue su casa. Cuando uno lo visita encuentra mucha más información de la reina María y el rey Alejandro I, los primeros de la Rumanía unificada tras la I Guerra Mundial.

Se identifica como la casa de Drácula porque es la fortaleza que aparecía en las guías para viajeros por Transilvania y Valaquia que utilizó Bram Stoker. Las que estaban en la Biblioteca de Londrés y que el muy incívico llenó de anotaciones aunque eran libros prestados. Así que aunque Bram nunca pisó el castillo y Vlad si acaso paró a hacer un pis y ejecutar a algún prisionero, el castillo de Bran es tan de Drácula como pueda serlo la Alcazaba de Badajoz.

Nunca te fíes de un guía turístico ni de un escritor de viajes.

Por cierto. Qué bonito es Brasov.

El corazón (semiconfinado) de Transilvania

castillo de Bran

La Plaza de Sfatului Brasov en plena tormenta de verano.

Algo más 284.000 habitantes, enclavada en la depresión que lleva su nombre y rodeada por Los Cárpatos, vecina de la estación de invierno Poiana Brasov y de la misma Bran. Brasov es la segunda ciudad más poblada de Transilvania por detrás de Cluj-Napoca y la capital de su propio distrito.

Llegué allí a mitad de julio, cuando el país se enfrentaba a los peores rebrotes dentro de la UE. A estas alturas España les ha cogido la delantera -y si somos los mejores, bueno y qué, bueno y qué-, pero entonces los rumanos eran los únicos que volvían a limitar la apertura de terrazas y reducían aforos. Cuando corrijo este texto Valladolid y Segovia han vuelto a fase 1 y se baraja si alguna comunidad autónoma pedirá estado de alarma parcial al Gobierno. Algo parecido vivía hace dos meses Rumanía.

La plaza Sfatului de Brasov parece diseñada para la foto, con la Iglesia Negra cerrándola, a pesar de que la mitad de los negocios los encontré cerrados y de la cinta que impedía el paso al interior de los restaurantes. El Starbucks, por ejemplo, estaba vacío porque al tener solo la terraza no había acceso al wi-fi. Y ya me contará usted para que entra una persona sensata a un Starbucks si no es por el wi-fi.

Letras hollywoodienses en los Cárpatos con el nombre de la ciudad y un pequeño museo municipal para refugiarse de las tormentas de verano completaban el cuadro. Una temperatura de menos de 30 grados y una brisa nocturna que se agradecían tras pasar por la humedad de Budapest y Cluj. Eso sí, poca vida social, mucho gel hidroalcohólico, cola en los bares y el supermercado y manadas de franceses o alemanes que deben ser grupos de convivencia te esquivan con la coordinación de los ñúes del Serengeti.

En las terrazas de Sfatului probé el sarmale, rollos de carne envueltos en hojas de col, acompañado de cerveza local. En el museo municipal recorrí la inevitable exposición por los 30 años de la Caída del Muro. Pero de la parte vieja me quedé con el puesto ambulante de kürtős kalács. El dulce local. O no. Igual lo han visto ustedes en algún país de la zona. Es un rulo de masa calentado al fuego al que se le echa azúcar y canela.

¿De dónde es típico «el rulo ese»?

En Praga los guías explicábamos -o explican, alguno quedará que lo siga haciendo- que es eso del «rulo». ¿Lo han visto? El rulo de masa con canela que puedes rellenar con helado, caramelo o nata. En Chequia y Eslovaquia lo llaman trdelník. Viene de la palabra eslovaca trdlo, el nombre del cilindro alrededor del cual se enrolla la masa de harina y se pone al fuego lento mientras se le rocía el azúcar y la canela.

En República Checa sólo lo encontrarás en el distrito de Praga 1, en la zona turística, eso sí, saturándola. Traditional Bohemian, dirá el cartel. En Bratislava, que yo sepa, solo hay un quiosco de trdelník, justo al lado de la Puerta de San Miguel, en la calle más turística de la ciudad.

Lo cierto es que se su nombre original es kürtős kalács, que se producía traducir del húngaro como «pastel chimenea». Nació en Transilvania en la Edad Media, cuando esta formaba parte del Reino de Hungría, así que húngaros y rumanos se pelean por su autoría. Si un checo ve a alguien por Praga con un trdelník lo mirará como el español contempla al guiri que pretende echarle chorizo en la paella.

Un puesto kürtős kalács en Brasov.

Viajé a Bran en autobús. Apenas cuesta unos 2,5 euros -10 leis- por una hora de trayecto desde Brasov. Había algún turista, pero la mayoría de los pasajeros eran locales. Desde mi alojamiento, cerca del centro histórico, hasta la terminal de autobuses B, se tardaban unos 40 minutos andando. Así veía un poco de la ciudad que no era de postal. El Brasov auténtico, ¿no? Eso que nos gusta presumir a los post-turistas.

Ustedes se ríen, pero estos oídos que se han de comer los gusanos han escuchado esa expresión en serio. A un señor que impartía Periodismo en la Universidad de Sevilla. Post-turistas. Y se quedó tan ancho. No existía Instagram aún.

En fin, el castillo es de postal y la ciudad de Bran, 5.500 habitantes, me recuerda a Padrollano. Con más locales dedicados al turismo que oxígeno. Y probablemente este verano igual de desolados, aunque no he pisado Sierra Nevada para constatarlo. Muchas banderas en las puertas de los hoteles, comida basura local, tiendas de recuerdos abigarradas e invasivas y cajeros de todos los bancos de Europa. Y Drácula. Drácula por todas partes.

Como a veces el propósito de este blog es trazar paralelismos con Granada me tienta por un minuto comparar Bran con Fuente Vaqueros. ¿No es Lorca igual de universal que Vlad? ¿No se reconoce su silueta como la del vampiro? Bueno, es posible que menos, pero el poeta no se merece la comparación con un asesino de masas -aunque para la historia rumana Vlad es más una mezcla del Cid con Alfonso X- y además tiene una ventaja sobre el vampiro: Lorca existió.

En la tienda de recuerdos, tras pasearme por un castillo semivacío en el que la mayoría de los turistas son locales más algún mochilero alemán, se me ocurre preguntarle a la empleada si se está notando el virus. Julio, recuerden. Me mira con cara de póker y me dice que no lo sabe. Que el imán y las postales son tantos leis. Y que si también me voy a llevar la guía turística en español.

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