Delfos
04
octubre

El ombligo del mundo

El Oráculo de Delfos era el ónfalos, el ombligo del mundo, el centro del Universo. Una columna en el interior del Templo de Apolo marcaba el punto exacto. Si en la Edad Media pensaban que el mundo giraba alrededor de Jerusalén, los griegos giraban alrededor de Delfos. Como Granada, por ejemplo, puede girar alrededor de la Alhambra.

También los romanos helenistas, como el emperador Adriano, pensaban en Delfos como el centro del todo. A la obsesión de éste con la cultura griega debemos gran parte de la idea que se conserva de la edad de oro de Atenas, en el siglo V a. C., aunque él viviese en el siglo II d. C. De hecho, simplificando mucho, podríamos considerar su reinado y el de su inmediato antecesor, Trajano, los dos hispanos, la edad de oro del Imperio Romano, su mayor periodo de paz interna y expansión territorial.

Empecé este trayecto en Bratislava, al otro lado del Danubio. Es decir, en las tierras de los bárbaros. Para Adriano, este pasado julio viajé desde fuera del mundo civilizado hasta su mismo centro, dando un poco de rodeo pero sin salir de las fronteras del Imperio.

De la felicidad y viajar en autobús

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Estimado turista francés: tenga cuidado, esto no es la banlieue de París. No nos gusta que arda.

Para ir del barrio de Exarjía a la estación de autobús hay que hacer 45 minutos andando. Atenas desperezándose a las 7.00 de la mañana, porque el viaje por carretera  a Delfos son tres horas y si quiero aprovechar la visita tengo que subir al primer bus. Más ciudad fantasma que en las horas centrales del día, en las sí que se notan la falta de turistas. Cruzo calles de asfaltado precario, casi sin coches, junto a puestos de kebab cerrados y el camión de la limpieza pegando manguerazos. En la estación el bar apenas abre y voy justo de tiempo, así que tocará desayunar en destino.

El autobús parece atrezzo de una película de los 70 y está refrigerado en consecuencia, con la humedad griega y la mascarilla haciendo más llevadero el trayecto. Leo Profanaciones, de Giorgo Agamben, que es corto, aunque denso. Caerá entre los trayectos de ida y vuelta, seis horas en total. Cito:

«Aquel que es feliz no puede saber que lo está siendo; el sujeto de la felicidad no es un sujeto, no tiene la forma de una conciencia, aunque sea la más buena. Y aquí la magia hace valer su excepción, la única que permite a un hombre decirse y saberse feliz. Quien goza por encanto de alguna cosa, huye a la ‘hýbris’ implícita en la conciencia de la felicidad, porque la felicidad que sabe que está teniendo en cierto sentido no es suya».

Dicho en un tuit: éramos felices y no lo sabíamos.

Es decir, que Adriano era feliz recreando la edad de oro de Atenas, pero no podía serlo si era consciente de que estaba viviendo la de Roma. Como buen guiri de su época, se pasó años viajando por el Oriente del Imperio. Por supuesto, visitó Delfos, al que hizo donaciones y ayudó a resurgir tras siglos de decadencia. Allí dejó una de las muchas estatuas de su amante Antinoo, cuya muerte aún muy joven nunca superó.

Conócete a ti mismo

Delfos

Desayunando mermelada casera con estas vistas. Eso sí, ni milnoh ni pulevín.

Este plumilla llega casi 1900 años más tarde y se encuentra el ónfalos convertido en una atracción para turistas en un verano sin turismo. Lo primero que hago es ir a desayunar, que son más de las 11 y me ruge el estómago. Entro en una cafetería casi vacía: una familia francesa discutiendo mientras los niños miran los móviles, dos abuelos locales jugando al ajedrez y la dueña que me atiende. La mermelada es casera, dice. La fabrica ella. Me atraco cual gorrino en la terraza, con unas vistas espectaculares. Luego ya camino en digestión hacia el sitio arqueológico.

¿Qué se visita en Delfos? El Museo, el Templo de Apolo y el Templo de Atenea. Lo mollar es Apolo, que incluye el espacio del Oráculo, el estadio de los Juegos Délficos y los lugares de los diferentes tesoros. La entrada son 12 euros y cubre todo el conjunto, que se visita en unas tres o cuatro horas, dependiendo de la prisa que uno quiera darse. Puede ser menos, aunque el calor no ayuda y hay mucho que ver. En el Museo saludo a Antinoo y al auriga. Es la estatua de un conductor de carretas estilo Ben-Hur que quizás sea el equivalente a que dentro de 2000 años solo quede un póster de Fernando Alonso como símbolo de nuestra civilización.

En el Templo de Apolo me recibe un cartel preguntándome en inglés si estoy seguro de que mi guía es oficial. Les confieso algo: en cinco años de ejercer entre Madrid, Praga y Bratislava yo nunca lo fui. Me recuerda la situación de mi excompañeros ahora en paro y la campaña de las asociaciones de guías oficiales contra el modelo Free Tour, perfectamente legal como atestiguan mis trimestrales de ese periodo -incluidas las de Chequia- pero que, opinan ellos, les quita clientela y perjudica al cliente.

ónfalos

Lo que queda del ónfalos, la columna que señalaba el centro del mundo en el Templo de Apolo.

Subo por las pendientes del territorio de Apolo, serpenteando con las chicharras de fondo. En busca del Oráculo y del lema de Delfos. Ya saben. Conócete a ti mismo.

Leo placas que me indican el espacio que ocuparon los diferentes tesoros. Cada reyezuelo, república o comunidad de creyentes, durante siglos, hizo ofrendas al Oráculo en forma de estatuas, objetos preciosos o incluso el  levantamiento de pequeños templos dentro del templo mayor. Si querían consultar a la Pitia los fieles de toda Grecia debían hacer cola entre dichas exhibiciones de poderío, en lo que era poco más que propaganda política. Mira qué regalos le hago a Apolo. Cuidadito conmigo o te reviento, payaso.

El historiador británico Michael Scott explica en su libro Delfos que cada nuevo viajero que dejó algo por escrito del lugar pensaba que estaba viviendo la decadencia del Oráculo y que la edad de oro fue en un tiempo anterior. En la época de Alejandro Magno o en la de Pericles creían que en tiempos de Micenas, los de la Guerra de Troya. Los romanos, en tiempos de Alejandro. Etcétera.

Obviamente yo no voy a considerar que la edad de oro sean las ruinas que estoy visitando, con las funcionarias griegas vigilando que un turista francés no tiren en cualquier lado las botellas de agua vacías.

El turismo y la gravedad

Delfos

El auriga y una familia griega con mascarilla manteniendo la distancia social con el fotógrafo.

Grecia giraba en torno a Delfos en el siglo V a. C. y hasta que llegó la pandemia orbitaba sobre el turismo. Pienso en Granada, en la que conozco pocos guías turísticos pero me los imagino pasándolas igual de canutas que mis amigos en Madrid o Praga. También en nuestro Oráculo, la Alhambra, ese perfil que consideramos tan único y auténtico como los atenienses el del Partenón… y que probablemente en ambos casos sea igual de prefabricado.

La Alhambra no tuvo un Adriano -y por suerte tampoco arqueólogos británicos o alemanes llevándose pedacitos sin pedir permiso-, sino un Leopoldo Torres Balbás, que le quitó al Patio de los Leones los cupulines otomanos y otros elementos orientalizantes que parecían sacados de una novela mala. Todos los homenajes que se le hayan hecho al tipo son pocos. En alguna parte de casa de mi madre descansa un tomo sobre él maravilloso, Un largo viaje al corazón de la Alhambra, de Julián Esteban Chapapría, con motivo de la exposición que le dedicaron en 2012.

Si he escrito de un monumento en mi vida, créanme, es de la Alhambra. De las muchas y fantásticas exposiciones. De los Festivales de Música y Danza. De las polémicas de turno cada vez que había elecciones. De las promesas voy a suponer que por supuesto todas cumplidas por el partido que ahora, al fin, la controla. Incluso sobre el proyecto de ponerle un ascensor desde el Paseo de los Tristes. Para que los turistas «se tomasen un cafelillo abajo». Porque, cito de memoria, «un cafelillo o un recuerdillo son puestos de trabajo».

Leo sobre los visitantes que han descendido más de un 60% por la pandemia. Leo que ahora es noticia, las circunstancias, un dispensador de entradas que permita mantener la distancia social. Leo sobre visitas especiales para familias que animen a los granadinos. Leo sobre visitas virtuales. Como cualquier otro gran punto de interés turístico del mundo, inventar para sobrevivir en mitad de la incertidumbre. Porque, ¿qué pasa cuando se cae la Alhambra?

¿Qué haces cuando tu ombligo desaparece?

Quizás éramos felices planeando ascensores y no lo sabíamos. O quizás, sin dejar de citar a Twitter, estamos peor pero estamos mejor. Estamos peor porque antes estábamos bien y era de mentira. Pero estamos mejor porque ahora estamos mal y es de verdad.

Aquello en nosotros que no nos pertenece

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El Templo de Atenea.

En el Templo de Atenea, donde no me piden ni entrada, charlo un rato con dos parejas españolas con una niña que reservaron el viaje allá por enero. Son de Logroño, así que hablamos de la pena que da ver los bares de las calles Laurel y San Juan cerrados y ellos me comentan lo buenas que están las tapas de Granada. Las mujeres se hacen coronas de laurel para un selfie mientras yo cuñadeo con los hombres. Un profesor de idiomas italiano intenta sumarse, pero se acerca demasiado y no lleva mascarilla.

Vuelvo al pueblo caminando por mi cuenta y almuerzo en otro restaurante diferente al que desayuné, cordero al limón con una cerveza local para hacerlo pasar. El pueblito entero parece compuesto de hostales, tiendas de recuerdos y cafeterías, aunque se supone que si ando un poco más pendiente arriba, cosa que no pienso hacer, aparecerá el Delfos del siglo XXI «de verdad». Compro un par de postales ajadas por el sol en un quiosco porque tengo una amiga a la que le hará gracia que tengan ese aspecto envejecido, como si llegasen desde otra década.

Me quedan tres horas de leer a Agamben de vuelta. Antes nos decía que la única manera de ser feliz y ser consciente de ello al mismo tiempo es serlo por algo que no sea nuestro, sino que vaya más allá de nosotros. Habla del genius, el espíritu que los romanos creían que acompañaba a toda persona desde el momento de nacer. De cómo nuestro carácter se construye por cómo nos relacionamos con ese pequeño dios, esa fuerza creativa que nos conecta a unos con otros. Y escribe:

«Todos terminamos en alguna medida pactando con Genius, con aquello que en nosotros no nos pertenece».

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