17
octubre

Bienvenido

Se lo dije a todos ustedes al empezar. El hogar no es el sitio del que nunca te marchas. Es aquel al que siempre vuelves.

Llegué a Granada en agosto para completar este blog de viajes en tiempos de la peste. Me volví a marchar por motivos familiares. He regresado este octubre de rebrote y confinamiento, esta vez por motivos laborales. Ya llega el final.

¿No notan el cansancio? Yo lo noto.

La segunda peor tasa de paro de España. La sanidad al límite. Locales que cierran. El turismo bajo mínimos. La UGR clausurada -y culpada subsidiariamente del rebrote-. Familias rozando el hambre. La Alhambra se cae. Hasta el alcalde da positivo por coronavirus.

Una incidencia de más de 500 infectados por cada 100.000 habitantes. Aunque hablar sobre esto es el camino más rápido a escribir algo que dé risa dentro de seis meses. Otras ciudades del tamaño de Granada se confinan con menos de la mitad. Cataluña cierra sus bares.

Incluso podríamos hablar de soluciones de bombero que señalan a colectivos fácilmente estigmatizables en lugar de admitir que solo funcionaría el confinamiento, pero eso hundiría la economía aún más. Y de lo ridículo que resulta escuchar a políticos hablar de que «no les temblará el pulso» cuando lo único que hacen, desde que llegaron a sus actuales puestos, es eso, temblar.

En fin.

Esto es la vida ahora. Así es como vamos a vivir durante un tiempo.

Si mi viaje de este 2020 arrancó en Praga, mucho antes de este blog, ahora mis dos antiguos hogares al otro lado de Europa, República Checa y Eslovaquia, se cierran casi convertidas en el nuevo epicentro de la pandemia. La primera ola pasó de puntillas por ambos países, ahora sus gobiernos convulsionan culpando a Bruselas -que el primer ministro checo esté acusado de desviar fondos de la UE a sus empresas seguro que no tiene nada que ver- o viendo cómo discuten en Facebook los miembros de una coalición de cuatro partidos. 

No podemos vivir más que nuestra propia pandemia, pero ahora mismo la COVID-19 pone a prueba la resistencia del mundo entero. China aguanta mejor que el resto, pero sus medidas implican confinamientos que parecen impensables para una población española que es capaz de llamar golpe de estado a que le impidan salir de bares para no colapsar las UCIs.

Yo también estoy cansado. Yo también tengo miedo. Yo tampoco sé qué va a ser de mi vida de aquí a Navidad. Yo tampoco sé a quién culpar de que sea así.

Lo raro sería que no estuviésemos al borde de nuestra resistencia. No sabemos qué va a ser de nosotros en tres meses o en dos semanas. Estamos haciendo el trabajo de los rastreadores que las administraciones no quieren poner, siendo responsables, alejándonos de seres queridos a los que ya hemos pasado meses sin poder abrazar.

Sabemos que puede durar años, que son tiempos difíciles, y necesitamos dejar de vivir enterrando la cabeza. Fingiendo que se le puede echar la culpa al rival político o que si nos enfadamos fuerte todo pasará más rápido. Hemos demostrado nuestra responsabilidad y capacidad de sacrificio, y ahora necesitamos que nos traten como adultos. Sobre todo, necesitamos saber que no vamos dejar a nadie atrás. Que nos apoyaremos unos a otros en lugar de gritarnos para ver a quién culpamos.

No sé cuál es la solución, solo que ya no es posible volver a como era antes. Que no queda más remedio que intentar algo nuevo, o cosas que se han hecho siempre y que estaban ahí esperándonos… pero ampliándolas y mejorándolas. Sin enfados infantiles, sin culpabilizar a los más débiles, sin ser unos cobardes que se envuelven en banderas o que acusan al vecino de vago para no admitir sus propios fallos. Con paciencia, qué remedio. Y todos juntos.

Bueno. Parece que ya he vuelto.

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