20
agosto

En el país de los serbios, el tuerto es el rey

HG Wells, el autor de El hombre invisible o La máquina del tiempo, tiene un relato titulado ‘El país de los ciegos…’. Un alpinista de dudosa catadura moral se pierde en mitad de un paraje desconocido de los Andes y acaba en una comunidad aislada siglos atrás en la que todos sus habitantes carecen de ojos. Es una civilización de ciegos en la que él piensa que su sentido extra le dará la ventaja para convertirse en tirano. Hasta que empieza a interactuar con ellos y descubre que en un mundo diseñado para el oído, el tacto y el olfato, sus ojos son inútiles.

Su comportamiento torpe y estúpido hace que los ciegos lo examinen, descubriendo que posee dos malformaciones en la cara, sobre la nariz, que pueden ser la causa de su mal. Dos bultos blandos que están donde no debería haber nada. Así que, para curarlo, deciden extirpárselos.

Rebrotes en Novi Sad y Belgrado

Cuando diseñé mi plan de viaje, en plena reapertura de las fronteras de toda Europa, mi idea era pasar de Hungría a Serbia, que aunque no sea todavía parte de la Unión Europea sí tiene acuerdo con el Espacio Schengen. En tren, como voy a realizar el 90% del viaje -ya hablaremos de la excepción-, mi objetivo era pasar por Horgos y Subotica, junto a la frontera húngara, seguir hasta Novi Sad y llegar a Belgrado. De hecho añadí una parada más, Pančevo, donde vive el dibujante de cómics Aleksandar Zograf, al que pretendía entrevistar en vivo y en directo, aunque al final tuvo que ser vía email.

La misma semana del 6 al 12 de julio en la que estaba en Budapest, uno por uno todos los países de la UE fueron cerrando sus recientemente reabiertas fronteras con Serbia. Importantes rebrotes en Novi Sad y Belgrado daban cifras de 600 casos nuevos al día -al escribirlo España supera los 5000 y suena a broma-. El gobierno serbio volvía a confinar la capital, la primera gran ciudad de Europa en dar marcha atrás a las medidas de desescalada. Podría haber entrado en Serbia, pero me habría quedado encerrado en ella. Y al mismo tiempo, empezaron las protestas.

Viñeta de ‘Cómo fui bombardeado por el mundo libre’, de Aleksandar Zograf

Yo no soy cacerolo, soy capitán

Un par de cientos de miles de serbios se echaron a la calle por todo el país no tanto por las medidas sanitarias como contra los resultados de las elecciones del 21 de junio. Acusaban -acusan- al presidente de la República, Aleksandar Vučić, de haber manipulado los datos de contagiados para controlar la campaña electoral asfixiando a la oposición y no celebrar las elecciones con garantías. Y también de intentar combinar, como ya hizo en 2017, su cargo de jefe de Estado con el de primer ministro y jefe de Gobierno, cargo que todavía desempeña Ana Brnabić, de su mismo partido.

Precisamente en Novi Sad se registraron algunos de los primeros choques violentos entre los manifestantes y la Policía. Algunos observadores internacionales consideran que desde los tiempos de Milosevic no se presenciaban episodios de violencia policial tan grave en el país. Por otra parte, más allá de las fronteras serbias se vendían las protestas como similares a las de los negacionistas del virus. Del tipo los trumpistas a los ahoga la mascarilla, los seguidores de Bolsonaro que irrumpen en hospitales para comprobar si están colapsados o, a su más modesto y menos oligofrénico nivel, los cacerolos de Núñez de Balboa. En aquel momento, final de junio primeros de julio, aún no había irrumpido Miguel Bosé como experto epidemiólogo.

El dibujante Zograf, con el que intercambié correos mientras viajaba entre Cluj y Brasov en Rumanía, lamentaba la confusión y me insistía en que el problema no son las medidas sanitarias, sino que se hayan usado estas para celebrar unas elecciones que la oposición decidió boicotear por entender que no ofrecían garantías. El Partido Progresista Serbio de Vučić se ha llevado 188 de 250 escaños, ganando en todos los distritos, por la ausencia de otras candidaturas. Vaya, ni Felipe González cuando la chaqueta de pana.

Cinco en Subotica

La primera vez que estuve en Serbia fue sin querer. En septiembre de 2015 me subí en un avión con mi camarada el fotógrafo Iram Martínez. Un poco sin saber lo que hacíamos, intentamos plantarnos en Keleti, estación central de Budapest y kilómetro cero de la crisis de los refugiados. El mismo día que llegamos a Hungría dejó de serlo por la vía del primer ministro Víktor Orbán cerrando la frontera con Serbia. Digamos que cerrar fronteras es lo único que le gusta más a Orbán que cerrar medios de comunicación que le llevan la contraria.

Refugiados sirios en la frontera entre Serbia y Hungría en septiembre de 2015. Foto: Iram Martínez.

Nos metimos en un coche con tres voluntarios y cruzamos por Horgos al lado serbio en un reparto que parecía un chiste: un palestino con pasaporte sueco, una brasileña con pasaporte británico, una británica con pasaporte irlandés -esta se ha librado del Brexit por el larguero, al final-, un mexicano y un español.

En Horgos, nuevo cuello de botella de la caravana, no nos podíamos quedar, así que acabamos en Subotica, que es un municipio un poco más grande y destino de vacaciones de serbios y vecinos. En un burguer fuimos a comprar pizzas para cenar y nos regalaron los zumos cuando vieron que se nos habían acabados los dinares. Que yo de esto no me acordaba, me lo ha tenido que recordar Iram. En los billetes de 100 dinares aparecía Nikola Tesla, por cierto. Al cambio actual son unos 80 céntimos, entonces era un poco más, así que ignoro si siguen existiendo.

Hasta Serbia nos había llevado en su coche Mahmoud, antiguo refugiado palestino ahora ciudadano sueco enviado por una ONG de Malmö. Hizo varias compras en supermercados de Subotica y las llevó en el maletero de su utilitario hasta la misma frontera donde se acumulaban las familias. Salíamos con las bolsas del súper mirando a los paisanos como los protas de los Los pájaros a un estornino que se posa en un columpio.

Cuando intentamos repartir la comida aparecieron media docena de hombres jóvenes que viajaban solos, uno puso la mano en la puerta del maletero y el resto arrasó con todo. La siguiente vez fuimos con las bolsas a los de la ONG CEAR, que se había colocado junto a la policía serbia. Pegaditos a las antiguas tiendas de la parte tax free de la frontera, ahora abandonadas y rodeadas del campamento refugiado, como un chiste malo. Recuerdo que todas las teles entrevistaban a la misma niña siria en silla de ruedas que se había hecho famosa al cruzar a Grecia, con la familia comprensiblemente encantada por si eso les conseguía el pase a Alemania.

El 16 de septiembre asistimos a un reparto de comida en el que los voluntarios de, creo recordar, Cruz Roja lanzaban la comida como los Reyes Magos balones hinchables. No por falta de respeto sino porque no les quedaba más remedio. Hombres adultos grandes como camiones peleaban por un paquete de pan de molde.

Iram hizo fotos, yo hablé con la gente en inglés de guerrilla -perdían interés en cualquier cosa que quisieses preguntarles en cuanto explicabas que no podías llevarlos a Alemania- y nos fuimos a comer a Subotica de vuelta con Mahmoud y el resto del equipo. En ese ratito, el de llegar al hotel, un grupo de hombres jóvenes que viajaban sin la familia intentó saltarse la valla y la policía cargó con gas lacrimógeno.

“¿Qué les pasa?”, preguntó alguien. “Se han perdido las noticias”, tradujo Anna, la brasileña de pasaporte británico. La conclusión a la que llegamos en menos de un cuarto de hora es que estar allí solo nos habría servido para que a Iram le rompiesen el objetivo caro, el que se pagaba doblando turnos de guía turístico, y a los dos quizás la cara. Que ya ves tú qué necesidad tendríamos de eso. Desde luego no habríamos dado la noticia ni antes que nadie ni nunca, con todos los medios de Europa allí parados pudiendo contarlo en directo con mejor internet que nosotros.

Esa misma noche, por cierto, estuvimos a punto de robarles las cervezas a unos de la tele húngara que estaban entrevistando a un policía serbio con el brazo en cabestrillo. Por joder. Les recuerdo que lo de la reportera poniéndole la zancadilla a un señor con un niño en brazos debió ser una semana antes.

Serbia cerrada… otra vez…

Zograf me pasa por correo sus últimas publicaciones traducidas al español, publicadas hace unos meses por la revista La gallina vasca. En una de ellas recoge testimonios en un campo de refugiados cerca de Pančevo, una especie de reportaje en viñetas. En 1999 Zograf, cuyo nombre real es Saša Rakezić, consiguió publicar en tiempo real, a razón de una página a la semana, un diario de sus experiencias durante los bombardeos de la OTAN sobre Serbia por la Guerra de Kosovo.

La novedad es que lo publicó en revistas de cómic independiente de EEUU, enviando las páginas por correo electrónico, mucho antes de Instagram, los directos de Facebook o de que nos pusiésemos a tuitear el 15M como si no hubiese mañana.

Viñeta de Zograf sobre la tura de los refugiados publicada en español en La gallina vasca.

Mientras leo a Zograf sigo a varios artistas serbios jóvenes que publican sus ilustraciones en Instagram y también informan sobre las protestas. Una de ellas cerró su cuenta unos días antes de terminar este artículo y no he podido comprobar por qué. Es la misma a la que leí, antes que en cualquier medio, que la Policía había cargado con gas lacrimógeno en Novi Sad. Como para que me pille allí de turismo, prima. Que no habría estado ni el fotógrafo para llevarme bombones al hospital. Ya les repito que, según los expertos, la violencia policial está al nivel del gobierno de Milosevic.

Les comento a ustedes también que para parte de mi generación, formada por gente que aunque ahora quede mal admitirlo llaman ‘El Jefe’ a Arturo Pérez-Reverte y se leyeron Territorio Comanche antes de matricularse en Periodismo, la Guerra de los Balcanes tiene un algo de fascinante que no sé explicar muy bien porque nunca lo he compartido. Se va la gente de turismo por la antigua Yugoslavia y flipa. Será que en los 90, cuando empezábamos a entender lo que decían las noticias después de Los Simpsons o El príncipe de Bel-Air, Bosnia fue La Guerra, como para la generación Z debe serlo la Siria de la que huyen las columnas de refugiados.

Sé que Mahmoud y Anna siguen más o menos bien porque los tengo, dónde si no, en Facebook. De hecho Mahmoud le suele dar ‘me gusta’ cuando cambio la foto de perfil. Iram, con el que comparto más grupos de whatsapp que con mi madre, está en Madrid sin saber si lo van a volver a confinar, ni yo sé si podré ir a gorronearle el sofá. No he comprobado qué pasó con la niña siria en la silla de ruedas. Creo que llevo los cuentos completos de HG Wells en el libro electrónico, pero no me he atrevido a leerlos mientras pasaba a Rumanía.

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