31
julio

De Kosice a Budapest tampoco hay AVE

Por motivos futbolístico-espirítuales esta entrega se publica a destiempo. En la anterior ya me encontraba en Budapest, celebrando los 10 años del Mundial que ganó España y pensando en Puskás y el Granada CF. Pero es que antes debí contar cómo había llegado allí. Y la respuesta es: yo creía que en tren, pero al final fue en autobús.

La web de trenes de Eslovaquia te advertía a principios de este julio de pandemia mundial que no se pueden comprar billetes para Hungría online, hay que desplazarte a una estación. El primer día de mi estancia en Kosice, tras dejar las maletas en el hostel -al que se llega en línea recta atravesando el Parque Municipal-, volví a la estación y compré uno para dos días después, destino Budapest.

En el billete no viene la hora ni el número de asiento, algo que las compañías centroeuropeas suelen cumplir a rajatabla. De hecho, la empleada de ventanilla me hace apuntar la salida y la llegada en el sobre por fuera del billete, y no me da ninguna indicación más.

En Chequia y Alemania es relativamente habitual que las empresas vendan más plazas que asientos. Si quieres reservar plaza, tienes que pagar algo más, 1-2 euros como mucho en el caso checo. Si tu tren va muy lleno y no has reservado, mala suerte, te toca pasillo. Esperamos que no lleves muchas maletas. Si va normal de aforo, que es lo habitual, te buscas la vida y algún asiento libre habrá.

Viajando a lo Greta Thunberg

Como nunca he llevado mucho equipaje, mis desplazamientos entre Praga, Brno -la segunda ciudad checa- y Bratislava siempre los he hecho metiéndome en el primer hueco que había. Hace unos meses las redes se quisieron cebar con Greta Thunberg por aparecer en el pasillo de un tren alemán sentada en sus maletas, diciendo que ya eran ganas de dar pena, que como era posible. Igual es que en Suecia funciona de otra forma y quien sea que le organice normalmente esos viajes pagó la novatada. O que es un poco rácana, que también puede ser.

En fin, que llega mi momento “vente p’a Alemania, Pepe” cuando aparezco el día del viaje a la estación de Kosice y veo que en las salidas a mi tren no le asigna andén, sino que el luminoso indica BUS. Me acerco a taquillas a preguntar y me toca la empleada que apenas farfulla inglés. “Outside, outside”.

Fuera está la parada de los autobuses de línea de la ciudad y al lado la estación de los interurbanos. Me da una amplia gama de situaciones para equivocarme, porque mi eslovaco da pena y no hay casi nada señalizado en inglés. Tengo suerte porque me cruzo a una revisora que no solo habla en la lengua del Imperio, es que es la de mi bus, y me dice que espere fuera y cuando la vea salir la siga.

En efecto, me han vendido un billete de tren para un trayecto que mayormente voy a hacer en bus.

Efectivamente, me han vendido un billete de tren para un recorrido que voy a realizar en autobús. Por fin todo el entrenamiento granadino no ya de espera del AVE, sino de vivir aislados por vía ferroviaria, va a tener recompensa. Las razones no son una obra interminable y mal planificada con combo de crisis económica y pasotismo centralista más peleitas por un quíteme allá esa estación -dónde andará Moneo, por cierto- sino la consabida pandemia mundial. De hecho, a lo largo del viaje voy a subirme en dos autobuses y un tren. Albricias y zapatetas.

Manteniendo las distancias, según el caso

Llegan dos coches, pero solo subimos unas ocho personas, así que la distancia social quedaría asegurada de sobra. Para empezar porque aparte de la revisora y el chófer, solo llevamos mascarilla una madre con rastas y sus dos hijas, que hablan en algo que supongo que es alemán, y yo. Y la distancia deja de tener efecto cuando un individuo que ya entra en el bus quejádose del calor -no entiendo lo que dice, pero resopla mucho y se abanica la sobaquera- empieza a pasearse pasillo arriba y pasillo abajo sin dejar de hablar con su mujer a gritos.

En Kosice hace calor, unos 30º y pocos grados, pero su río, el Hornád, que sobre el papel es un afluente modesto que no quitará jamás el sueño al Danubio, contribuye a una sensación térmica mayor.

¿Se imaginan el perfil del individuo? Pues solo póngalo a farfollar en húngaro o eslovaco. Las gafas de sol aunque esté dentro del bus, nada de mascarilla, pelucazo, moreno playero en un país sin salida al mar… No sé lo que dice, solo que se pasea por la mitad de los asientos del bus probando los aires acondicionados, que se queda parado junto a la puerta para pillar corriente dificultándole el trabajo a la revisora; que se abanica la sobaquera y que habla en tono de indignación quejica. Esto me dedico a comentarlo con los colegas por audios de wassap, por cierto, cortándome muy poco porque llevo un año malacostumbrado a que nadie me entienda en español.

Por poner al individuo en contexto, dentro de la estación de tren de Kosice todo el mundo llevaba mascarilla y si a alguien se le olvidaba el de seguridad le indicaba amablemente que se la pusiese o saliese del edificio. A las dos recepcionistas del hostel no les he visto la cara en tres días porque no se han quitado las suyas ni para ir al baño. Me he echado tanto gel hidroalcohólico desde llegué a Kosice -hostel, catedral, estación, cafeterías, bares- que puede que por primera vez en 35 años deje de morderme las uñas para no intoxicarme.

Al pasar la frontera con Hungría, apenas una hora después de salir, cambiamos de bus. Se nos unen más pasajeros. El individuo decide que por fin él y su mujer se van a sentar juntos, aunque sigue hablando a voces. Sube un abuelete húngaro muy, muy, muy mayor, de acordarse de cuando Stalin era cabo, que primero comprueba que no va llegar nadie más y luego se descalza y se tumba ocupando dos asientos. Este hecho provoca que de repente tenga uno morriña de las Españas.

Dando lecciones sin mascarilla

Luego nos quejamos, si toda Europa es más o menos igual. Suena el himno de Eurovisión en mi cabeza, porque no me acuerdo en ese momento que el de la UE es el Himno a la alegría.

Grabo otro audio de wassap, olvidando que ahora llevo al individuo más cerca. Por suerte solo comento que a ver si el Betis no baja o lo que sea, porque dos segundos después se levanta, se me coloca a menos un metro -coronavirus no sé, pero halitosis, como era previsible, la que quieras- y me pregunta con acento gringo que de qué país soy.

Él es medio húngaro medio canadiense y vivió una pila de años en Miami rodeado de cubanos exiliados -entiendo que en su caso, de los de pasta, no de los que tienen que tunear un camión a modo de patera-. Que qué hago aquí.

Cagarme en tu padre desde hace dos horas, pienso, pero contengo el revertismo. Le digo que estaba viviendo en Bratislava, que voy a Budapest. Me cuenta que ellos se bajan antes de Budapest, que van a volver a Canadá. Me contengo para no hacerle el chiste de Toronto entero. Me dice que en Canadá el virus bien. Y que en Eslovaquia también. Que qué pena en España lo torpes que hemos sido, pero que seguro que al final todo sale bien.

Yo con mascarilla y él que desconoce el concepto, después de pasearse por el bus y toquetearlo todo y no respetar la distancia ni por casualidad. La madre que lo parió.

Paramos en Miskolc. De aquí a Budapest ya el viaje sí es en tren.

Paramos en Miskolc, cuarta ciudad de Hungría, en la estación de tren. El último trayecto a Budapest ya sí es directo. Hay que esperar un rato dentro del vagón, que además va vacío, apenas la docena corta de pasajeros que trasbordamos.

Al abuelo descalzo y al individuo los perdemos aquí. Me partes el corazón. Sube un tipo que no llegará a treinta, con mascarilla, su libro debajo del brazo y una camiseta con un mapa de Hungría un poco raro, demasiado grande. Son las fronteras de antes de la Primera Guerra Mundial, es decir, una Hungría “imperial” que incluye Eslovaquia, Transilvania y parte de Croacia. Bueno, es como si yo me pongo una camiseta de África del Norte que diga Make Spain Al-Andalus Again. Puede ser irónico.

«Estáis en Hungría, ya no estáis en vuestro país»

Me quedan dos entregas desde Budapest en las que loaré sus glorias. Hay húngaros, húngaras y húngares estupendes y, aparte de formas de expresión que chocan más por el saltito cultural, son gente simpatiquísima.

La madre de rastas con sus dos hijas que hablan en, creo, alemán, se han sentado en un extremo del vagón y yo a la mitad. Una de las niñas es una adolescente, la otra es pequeña, a ojo menos de 10 años. Llevan sus 3 horitas de bus con trasbordos con el mismo calor que el George Soros de marca blanca pero, al menos que yo sepa, sin quejarse. Pero están hasta las narices, así que meten ruido, bromean, hacen cosas de críos cuando viajan.

Se levanta el Mapitas y se dirige a ellas a voces y en inglés. No dice hola, ni disculpe, ni nada parecido. Entra sin vaselina: “No quiero ruidos (sic). Estáis en Hungría, ya no estáis en vuestro país, y tenéis que respetar nuestras normas. No pongáis a prueba mi paciencia. Quiero leer sin ruidos. (No me llega lo que responde la madre ni les veo las caras). Puedo llamar a la policía (señala al andén). No quiero ruidos”. Y se vuelve a su asiento.

Por supuesto el silencio dura unos 10 minutos de las dos horas siguientes, el Mapitas no tiene narices finalmente ni de quejarse al revisor, que pasa dos veces, ni de llamar a la Policía -que asumo que se le habría reído en la cara-. Así que llegamos a Budapest, fuese y no hubo nada.

Me habría hecho ilusión que la niña pequeña le sacase la lengua o algo, pero creo que se limitan a ignorarlo. Mi cálculo mental de que el colega me saca dos cabezas y yo a él 10 años es una macarrada mental que no habré de lamentar, sobre todo porque no estoy hecho de la madera de los héroes. Podría desarrollar la broma, pero voy a empezar a parecer Pérez-Reverte de verdad. Y no soy digno.

Bueno, pues no más comentar el Betis por audio en sitios públicos. Ni cuando vuelva a España tampoco, por si acaso.

¿Ustedes qué? Yo ya ven. Viajando como en casa. Llegamos a tener un retraso de hora y media y ya habría sido como un Media Distancia Granada-Sevilla de los viejos tiempos. Menos por la mascarilla, claro.

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Jose A. Cano
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Periodista. Volviendo a casa. Sobrevivo como soldado de fortuna. Si usted tiene una noticia y quiere que se la escriban, tal vez pueda contratarme.

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